Clase N°1: "Orden y progreso"
En las últimas décadas del siglo XIX la Argentina se embarcó en lo que los contemporáneos llamaban el "progreso". Los primeros estímulos se percibieron desde mediados del siglo, cuando en el mundo comenzó la integración plena del mercado y la gran expansión del capitalismo, pero sus efectos se vieron limitados por diversas razones. La principal de ellas fue la deficiente organización institucional, de modo que la tarea de consolidar el Estado fue fundamental: hacia 1880, cuando asumió por primera vez la presidencia el general Julio A. Roca, se había cumplido lo más grueso, pero todavía se requirió mucho trabajo para completarla.
Lo primero fue asegurar la paz y el orden, y el efectivo control sobre el territorio. Desde 1810, y a lo largo de siete décadas, las guerras civiles habían sido casi endémicas: los poderes provinciales habían luchado entre sí y contra Buenos Aires, incluso después de 1852. Desde 1862, el flamante Estado nacional, poco a poco -y con escasa fortuna al principio-, fue dominando y subordinando a quienes hasta entonces habían desafiado su poder, y aseguró para el ejército nacional el monopolio de la fuerza.
El Estado afirmó su poder sobre los vastos territorios controlados por los indígenas: en 1879 se aseguró la frontera sur, arrinconando a las tribus en el contrafuerte andino, y hacia 1911 se completó la ocupación de los territorios de la frontera nordeste.
Los límites territoriales del Estado se definieron con claridad, y las cuestiones internas se separaron tajantemente de las exteriores, con las que tradicionalmente se habían mezclado: la guerra del Paraguay contribuyó a definir las fluctuantes fronteras de la Cuenca del Plata, y la Conquista del Desierto, en 1879, aseguró la posesión de la Patagonia, aunque los conflictos con Chile se mantuvieron vivos hasta por lo menos 1902, y reaparecieron más tarde.
Se consolidó un centro de poder fuerte, cuyas bases jurídicas se hallaban en la Constitución sancionada en 1853 y que, según las palabras de Alberdi, debían cimentar "una monarquía vestida de república.
El poder, que se había consolidado en torno de los grupos dominantes del próspero Litoral -incluyendo la muy dinámica Córdoba-, encontró distintas formas de hacer participar de la prosperidad a las élites del Interior y asegurar así su respaldo a un orden político al que, además, ya no podían enfrentar.
Se adoptó el modelo agroexportador: el país se integró al orden económico mundial como productor de bienes primarios para la exportación y como importador de productos manufacturados.
Para lograr el progreso económico era necesario manos para trabajar la tierra, y como no se confiaba en las posibilidades del indígena para dicha labor, se recurrió a fomentar la inmigración: una amplia propaganda dirigida a Europa anunciaba los gigantescos beneficios económicos y sociales que brindaba el nuevo mundo a quienes quisieran embarcarse en la aventura de poblar y trabajar el suelo argentino.
Para
que la producción del interior (Litoral y la Pampa: producción cerealera y
ganadera, Cuyo: vino y aguardiente, Tucumán: azúcar) pudiera llegar a los
centros industriales, necesitaba de los nuevos medios de transporte que
facilitara la movilidad de grandes cantidades de mercancía. Bs. As. se
estableció como centro de recepción de esa mercadería, donde estaba ubicado el
puerto que unía a la Argentina con el resto del mundo. Es aquí donde el ferrocarril
cumple un papel esencial. La extensión ferroviaria cumplía la función de unir
las provincias del interior con el puerto de Bs. As., esta tendrá, por lo
tanto, la forma de "abanico". El ferrocarril sirvió, además, para integrar el
territorio y asegurar la presencia del Estado en sus confines.

